He reprimido mucho tiempo palabras que únicamente han
conocido el papel sobre el que quedaron escritas, mientras buscaban ser
escuchadas, mientras te buscaban a ti entre los caminos que nos separaron mucho
antes de encontrarnos. Ahora ya no importa, pues supongo que ya es tarde para decir
todo lo que un día callé mientras esperaba un atisbo de correspondencia.
Y es
que pasa que nuestras charlas quedan cada vez más distantes las unas de las
otras y es grande el vacío que tengo de ti, como grande es la dicha que sería
para mi poder abrazarte, sentir el dulce tacto de la piel de tu mejilla al
contacto con mis labios o el de mis dedos deslizándose por tu pelo color
castaño, al tiempo que mis ojos se pierden en tu mirada buscando ese trozo de
mí que se quedó contigo desde el primer día.
No es plato de buen gusto verte sufrir por quienes no
supieron apreciarte, mientras me doy cuenta de que no ocupo ni una pequeña
parte de tus pensamientos. Casi resulta irónico ver como tú ocupas la mayor
parte de los míos.
Recuerdo que alguien me enseñó una vez lo azaroso del amor,
que llega solo, sin elegir hacia quien o en qué medida. Quizá sea eso lo que
nos pasó a nosotros, solo que ambos perseguimos diferentes imposibles, por
caminos también distintos.
Puede que lo mejor fuera dejar de soñarte y afrontar la
realidad, pero me temo que la realidad es mucho menos bonita si tú no estás en
ella. Es por eso que sigo y seguiré aquí, atascado en una eterna sinfonía de la
cual eres protagonista, una sinfonía que por otra parte, ya he aceptado que no
escuchare jamás.
Firmado,
Un 22...