viernes, 13 de abril de 2018

Un día extraño


Llevaba un rato tratando de concentrarse en los apuntes que tenía delante. Sin embargo, aquel era un día extraño.

Al mirar por la ventana de la biblioteca, había visto los nubarrones que se desplazaban en su dirección, encapotando el cielo a su paso, mientras éste, permanecía despejado por el lado opuesto.
Casi parecía irónico, pero al ver esos dos frentes, luchando por ocupar el cielo, no pudo evitar sentirse identificado.
Afuera, en la calle, comenzó a escuchar la sirena de una ambulancia. Tal vez iba en busca de los heridos contendientes que batallaban dentro de él.
Pero tal como se acercaba el sonido, terminó por marcharse, y en la biblioteca volvió a reinar el silencio.

Aquel era un día extraño

El viento arreciaba, golpeando con fuerza sus desordenados pensamientos, dando bandazos a un lado y a otro, coordinados con el temblor de las lamas de las persianas.
Y, sin embargo, allí, dentro de aquellas cuatro paredes, el silencio se mantenía imperturbable, ajeno al ruido que le asediaba por dentro.
Se preguntó entonces cuántas de las personas que lo rodeaban en ese momento, estarían guerreando con sus propios sentimientos.

En ese instante, pudo imaginar un montón de ruidosos pensamientos, encerrados en la singularidad de las mentes de todas aquellas personas.
Visto así, parecían héroes, con todo ese peso a la espalda.
Y sin darse cuenta, de repente se sentía acompañado, como si los aliados por fin hubieran llegado en su ayuda.

Quizá estaba delirando. Solo exageraba las cosas... probablemente.
De nuevo, miró por la ventana. El cielo parecía despejarse y el viento perdía fuerza.

Y es que después de todo, puede que aquel fuera un día extraño, pero tenía mucho que contarle…

miércoles, 17 de enero de 2018

- Sueños -

Era un hombre de unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Manteníamos una conversación como cualquier otra y en un determinado momento, comenzamos a hablar de sueños, esos que todos hemos tenido, y muchas veces terminamos olvidando, o perdiendo por el camino.

Nada más sacar el tema, su expresión cambió. Me miró a los ojos, sin embargo, no me estaba viendo a mí. Sus pupilas se encontraban perdidas, tal vez rememorando algún recuerdo de otro tiempo.

- Siempre hay cosas que querríamos hacer, cosas con las que soñamos. Sin embargo, nunca hay tiempo - me dijo - A tu edad yo tenía muchos planes y sueños para el futuro, que por supuesto no podía realizar mientras estaba estudiando, me faltaba tiempo. "Cuando trabaje" solía decirme. Pero cuando empecé a trabajar llegaron otros inconvenientes. Entonces empecé a decir: "Cuando me case". Pero cuando me casé tampoco pude hacer todo eso que tanta ilusión me había creado, tan solo unos años atrás.

De nuevo me miró, y continuó diciendo:        - Sabes? Yo ya he perdido mucho tiempo, muchas oportunidades, pero tu aún eres joven, aprovéchalo. Debes saber que nunca es un mal momento para empezar a vivir. Si no, dejarás pasar los años y no habrás alcanzado ni la mitad de metas que te hayas propuesto conseguir.

«¿Y sabéis lo que pasa? Ya había escuchado antes ese discurso y, sin embargo, escuchárselo a él fue distinto. No sabría decir cuál era esa "diferencia", pero sus palabras calaron especialmente hondo e hicieron que me replantease mi vida, mi día a día.

Y es que, a fin de cuentas, todos tenemos sueños, todos tenemos algo que nos ilusionaría poder hacer. Los hay que sueñan con dedicarse a lo que más les gusta, otros desearían poder viajar por el mundo e incluso hay personas con sueños muchísimo más pequeños, pero que les llenan de ilusión tanto como cualquier otro.

Y, sin embargo, tendemos a vivir aislados en nuestro día a día, fantaseamos con el momento que por fin cumplamos esos objetivos, pero ¿Sabes qué? Si lo sigues posponiendo, ese día no llegará.

Creo que la vida que cada uno quiere tener existe, no importa cuán extravagante o idílica sea, probablemente exista, pero no la vamos a en nuestra rutina de ocho horas, ni en "la tarde del viernes con los amigos".
No vamos a encontrar ese "imposible" en la monotonía diaria.

La vida no va a venir a llamar a tu puerta. Te recuerdo que ya lo hizo hace mucho tiempo o si no, no estarías aquí, leyéndome. Tal vez deberíamos preguntarnos si la hemos aprovechado hasta el momento.

El tren hacia aquello que de verdad deseas existe y pasará por tu andén al menos una vez en la vida, pero quizá, y solo quizá, éste solo pare a por nosotros si en el momento de llegar, nos encuentra viviendo, y no dejando pasar los días.»