La primavera había comenzado algunas semanas antes y el parque había quedado envuelto por una paleta de estivales colores.
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo de una tonalidad anaranjada aquel retazo de naturaleza que destacaba en medio del paisaje urbano.
Sentada en un banco próximo al lago, se encontraba ella. Sus ojos azules no parecían sino el reflejo de las cristalinas aguas que observaba y su pelo cobrizo se encontraba en perfecta armonía con la belleza que envolvía el entorno.
Por él se deslizaron cuidadosamente unos dedos, que acariciaron poco después su mejilla.
Ella tomó la mano con la suya, mientras levantaba la mirada y contemplaba al hombre que estaba junto a ella, sonriendo.
Él se acercó y ella se dejó robar un beso, parecía feliz...
En aquel momento, sentí que todo se apagaba, una amarga sensación me recorrió por dentro, y mi vista quedó nublada por las lágrimas que brotaron de forma espontánea de mis ojos.
Miré en otra dirección, me obligué a seguir caminando, sin embargo algo atenazaba mi pecho. Quizá lo más doloroso, fue saber que todas las palabras que dijiste sólo se quedaron en eso, que los mañanas ya no serían compartidos y que mientras yo sufría la distancia entre los dos, tu la disfrutabas con otro...
Las lágrimas seguían cayendo, a pesar de mis intentos por frenar su avance. Aceleré el paso, ya había salido del parque y el silencio había desaparecido, cubierto por el bullicio de la urbe. Los recuerdos bombardearon mi memoria y me vi impotente ante la visión de la vacua realidad, alejada de ti, alejada de los dos...