miércoles, 24 de mayo de 2017

Su última lágrima...

Caminaba sólo por la calle, manzana abajo, sin más iluminación que la proporcionada cada varios metros por los débiles focos de las farolas. Son las cinco y media de la mañana, ni un alma por la calle y sin embargo, en medio de todo ese silencio, una gran batalla se libraba dentro de él.

Su alter ego, el que siempre le había sacado adelante, se encontraba luchando contra la desolación, el dolor y la rabia que lo consumían por dentro, en una batalla que no parecía tener fin. Mientras tanto él, seguía caminando, contagiado por la convulsión de sentimientos que se fraguaba en su interior.

Se preguntaba cuántas veces había estado así, y perdía la cuenta. Sin embargo, ésta vez algo iba mal, no encontraba solución a nada y todo parecía en contra. Su propia musa le había abandonado y ni siquiera se veía con fuerzas para plasmar en letra aquello que asediaba su pensamiento.

Tan sólo había uno luchando por él y era él mismo, al menos una parte, pues había otra que ya había aceptado la derrota. Mientras tanto, sus pasos lo habían llevado al final del camino, un alto desde el que podía observar toda la ciudad.

Se sentó sobre la hierba; la luna comenzaba a ocultarse, dando paso a los primeros rayos de sol en el horizonte, mientras que su lucha interna continuaba.
Algo se estaba rompiendo dentro de él, poco a poco, como un cristal que se resquebraja segundo a segundo, hasta llegar a quebrarse. Por primera vez, perdía la batalla.

Algo en él comenzaba a apagarse, tal vez la derrota era ya un hecho y su última barrera había caído, quizá la presión acabó por romper lo que aún quedaba de la coraza que lo protegía. Y así es como él perdió la fe, así es como después de tanto, todo fue para nada, así es como él dejó de creer, así es como se hizo fuerte, tras derramar su última lágrima.