viernes, 30 de septiembre de 2016

|El final de todo| (Versión 1)

Sus ojos no se habían separado de los míos en la última media hora. Quizá había sido menos, o tal vez más tiempo, pero lo que si era cierto es que no quería que aquellos momentos tocasen a su fin.

Estaba tan preciosa como siempre, igual que aquella tarde, ya lejana, cuando nos conocimos.
Tras esa intensa mirada color castaño se ocultaba una inconmensurable tristeza, la cual trataba de ocultar detrás de la sonrisa que siempre había llevado consigo.

¿Por qué tiene que ser de ésta manera? De todos los finales posibles, ¿Por qué uno como éste?

Navegaba por estos pensamientos cuando, sin previo aviso, sentí que algo dentro de mí comenzaba a apagarse. Ella pareció notarlo, pues gritó mi nombre mientras dejaba escapar una lágrima. Poco a poco dejé de sentir el tacto de su mano, de la misma manera que hacia rato había dejado de notar las sábanas; su rostro, al igual que el resto de la habitación empezó a vislumbrarse borroso, mientras mis párpados comenzaban a cerrarse lenta e inevitablemente.

Moví los labios para decirle una vez más que la quería, pero no pude escuchar mi propia voz, por lo que no se si llegué a pronunciar palabra alguna.
Lo último que vi fue cómo más y más lágrimas se deslizaban por su cara, para un segundo después contemplar impotente la oscuridad que mis ojos cerrados me proporcionaron.

Escuché un último grito suyo, sin embargo, se oía tan lejano que no entendí lo que decía.

Momentos después, algo comenzó a golpear con fuerza mi pecho una y otra vez, de forma continuada, aunque unos segundos más tarde también dejé de sentirlo. Me quedé a solas con el débil sonido de lo que parecían unas discontinuas pulsaciones: «una, dos»... ¿Es éste mi final? ¿Aquí termina todo?... «una, dos»... Me pregunto si llegué a pronunciar aquellas palabras... «una»... No creo que puedas oír esto pero... «una»... Te quiero... «...».


sábado, 3 de septiembre de 2016

~Recuerdos en la lluvia~

El incesante chapoteo del agua de lluvia al otro lado de pared, conducía los pensamientos de quien lo observaba desde su ventana.
Contemplaba expectante las gotas que escurrían por el cristal, como si cada una quisiera decirle algo distinto. Contó seis segundos; ese fue el tiempo que tardó aquella gota en recorrer el cristal y caer, como todas, al porche de la entrada.

De repente, el sonido de un coche que pasaba por la carretera delante de su casa le sacó de sus pensamientos por un momento. Hacía horas que no pasaba nadie por allí, aunque a decir verdad, había perdido la noción del tiempo mientras observaba de manera casi hipnótica la lluvia.
Una nueva gota comenzó a deslizarse delante de él. Al verla, recordó con tristeza lo mucho que ella amaba los días lluviosos.
Tres segundos, la gota ya no estaba, al menos no esa y por algún motivo, el cristal ya no parecía el mismo.

Dirigió entonces la mirada hacia su escritorio. La luz del flexo estaba encendida, de hecho era lo único que alumbraba su habitación en ese momento.
Había un dibujo colgado sobre la mesa.
Dibujar siempre había sido la mayor afición que ella tenía, solía decir que cada trazo era importante y pasaba horas con cada uno de sus dibujos.
En ese momento cada uno de esos trazos parecía perfecto, de verdad transmitía el sentimiento con el que esas dos personas abrazadas habían sido dibujadas.

Miró de nuevo sobre la mesa y se encontró con un folio a medio escribir enmarcando la escena. Era una carta, sin embargo no tenía destinatario.
Se preguntó en silencio en qué momento había empezado a escribir para sí mismo y aunque no obtuvo respuesta alguna, si sabía por qué lo hacía.

Sumido en estos pensamientos, colocó la silla de nuevo frente a la mesa, levantándose con intención de meterse en la cama, no sin antes echar un último vistazo a través del cristal. Una última gota empezaba a caer, sin embargo, ésta era diferente a todas... ésta, se deslizaba por su mejilla. Cuatro segundos...

Firmado,

Un 22...