Sus ojos no se habían separado de los míos en la última media hora. Quizá había sido menos, o tal vez más tiempo, pero lo que si era cierto es que no quería que aquellos momentos tocasen a su fin.
Estaba tan preciosa como siempre, igual que aquella tarde, ya lejana, cuando nos conocimos.
Tras esa intensa mirada color castaño se ocultaba una inconmensurable tristeza, la cual trataba de ocultar detrás de la sonrisa que siempre había llevado consigo.
¿Por qué tiene que ser de ésta manera? De todos los finales posibles, ¿Por qué uno como éste?
Navegaba por estos pensamientos cuando, sin previo aviso, sentí que algo dentro de mí comenzaba a apagarse. Ella pareció notarlo, pues gritó mi nombre mientras dejaba escapar una lágrima. Poco a poco dejé de sentir el tacto de su mano, de la misma manera que hacia rato había dejado de notar las sábanas; su rostro, al igual que el resto de la habitación empezó a vislumbrarse borroso, mientras mis párpados comenzaban a cerrarse lenta e inevitablemente.
Moví los labios para decirle una vez más que la quería, pero no pude escuchar mi propia voz, por lo que no se si llegué a pronunciar palabra alguna.
Lo último que vi fue cómo más y más lágrimas se deslizaban por su cara, para un segundo después contemplar impotente la oscuridad que mis ojos cerrados me proporcionaron.
Escuché un último grito suyo, sin embargo, se oía tan lejano que no entendí lo que decía.
Momentos después, algo comenzó a golpear con fuerza mi pecho una y otra vez, de forma continuada, aunque unos segundos más tarde también dejé de sentirlo. Me quedé a solas con el débil sonido de lo que parecían unas discontinuas pulsaciones: «una, dos»... ¿Es éste mi final? ¿Aquí termina todo?... «una, dos»... Me pregunto si llegué a pronunciar aquellas palabras... «una»... No creo que puedas oír esto pero... «una»... Te quiero... «...».
No hay comentarios:
Publicar un comentario