Se encontraba sólo en casa, como tantas otras noches.
Sentado en su mesa, movía el bolígrafo entre los dedos, de izquierda a derecha,
de derecha a izquierda, una y otra vez.
Frente a él, un folio en blanco, tal como hacía una hora,
igual que las últimas semanas.
Frustrado, dejó el bolígrafo sobre la mesa, se levantó y
observó a través de la ventana. No había un alma por la calle, y la luz de las
farolas era escasa.
Se preguntaba en silencio dónde fue su inspiración, sus ideas,
aquella inagotable fuente interna de la que siempre extrajo sus textos. Una vez
más, no encontró respuesta. Al otro lado de la ventana, un coche cruzaba la
carretera y después, nuevamente, el silencio.
Sentía que se había perdido, que estaba fuera de lugar.
Empezó a preguntarse si tal vez se equivocó de andén y tomó todos los trenes
equivocados...
El tren hacia una vida que no sabe si es la suya, hacia unos
labios que quizá no eran para él, un tren que parecía ir en dirección
contraria, con el pasajero equivocado y dispuesto a descarrilar en cualquier
momento.
Terminó por apagar la luz. Se planteaba aquellas dudas
mientras se metía en la cama, rendido un día más e incapaz de concebir el
sueño. Se preguntaba cómo había llegado a esa situación, encontrando de nuevo a
la nada por respuesta.
Pero entonces, deambulando por el caos de su cabeza, algo
regresó a su pensamiento, algo que llevaba meses intentando dejar atrás y que
volvió de golpe, como un fantasma del pasado dispuesto a hacerse eco en su
presente.
Y de esta forma, las palabras comenzaron a salir solas,
traídas por su musa interna, o quizá por los recuerdos de tiempos mejores...
Tal vez fuera una señal, quizá sí había ido en dirección
contraria, o quizá no significaba nada...
Fuera lo que fuera, por fin podría descubrirlo frente a
aquel folio, tal y como hizo siempre...
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