jueves, 30 de junio de 2016

Una noche cualquiera...

El más oscuro de los colores había invadido la habitación, dotándola de una profundidad infinita y de una extraña sensación de inseguridad y temor inspirada por la ausencia total de visión en la noche.

Mientras tanto, al otro lado de la habitación, la calle, los coches noctámbulos concurrían la carretera en un intermitente sonido de motores que se intercalaba con momentos de silencio, un silencio custodiado por una única luz en lo alto del firmamento, pues al quedar el sol apagado, tan solo la luna es testigo de lo acontecido hasta su próximo renacer.

Las hojas de los árboles que adornan las asfaltadas calles urbanas, danzan al ritmo de una suave brisa acompañada de un dulce aroma que pocos saben apreciar, el olor de la hierba mojada y la tierra húmeda del parque que se encontraba al otro lado de la calle, pues hacía ya un rato que el repetitivo sonido de los aspersores se había unido a la silenciosa orquesta nocturna.

El chico se había levantado de la cama y se encontraba en la ventana, observando la situación del exterior desde el cobijo que le daba su habitación y la tenue luz que le abrigaba, procedente de una ya anticuada lamparita de noche que reposaba sobre el escritorio.

El niño observaba el cielo con una mirada expectante, un cielo cubierto por una infinidad de luces, que ocultaban los deseos que se perdieron en el firmamento, deseos de cientos de personas, personas que como él esperaban respuesta. Contemplaba maravillado la luna, pensando en como era una de las pocas cosas que de alguna manera le unía con todos aquellos que como él la observaban cada noche, haciéndole sentir arropado en ese mundo de incertidumbres y rechazos que nos asolan cada día.

Firmado
Un 22...

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