Rondaban las siete de un domingo cualquiera. Un encuentro
fortuito, unas pocas palabras y diez segundos.
Dos segundos admirando tu pelo cobrizo bajo la incipiente
luz de la mañana.
Un segundo para darme cuenta de que tu sonrisa era el
pasaporte hacia el infinito océano de tus ojos color añil, donde querría pasar
cada minuto de mi vida.
Dos segundos fueron bastante para escuchar tu dulce voz y
sentirme afortunado por ese encuentro.
Varios segundos sintiendo un hormigueo en el cuerpo y una
sensación que hacía tiempo que no experimentaba.
Y un último segundo para percatarme de que me había
enamorado de la mujer más bella que habían visto nunca mis ojos...
No hay comentarios:
Publicar un comentario